quinta-feira, 5 de abril de 2018

AGULHA REVISTA DE CULTURA # 110 | Abril de 2018



MIGUEL MÁRQUEZ & LA EXISTÊNCIA TRANSFIGURADA

Meu encontro com Miguel Márquez (Venezuela, 1955) foi algo verdadeiramente mágico, sob muitos aspectos. Em 2004 estive em Caracas, convidado a participar do 1° Festival Mundial de Poesia, evento que se repetiu por mais alguns anos (eu mesmo participei de duas outras edições), mas que teve, naquela estreia, seu momento de maior substância. A partir de então regressei algumas vezes à Venezuela, para tratar de assuntos culturais e cuidar da edição de alguns livros meus. Desde o primeiro momento, Miguel Márquez foi um cúmplice generoso e atento. Havia então criado um brilhante projeto editorial, a Fundação Editorial El Perro y la Rana, através do qual foi possível editar dois livros meus, o volume duplo com 52 entrevistas a poetas de toda a América Hispânica e Brasil, além de um volume com a minha poesia. Nos anos subsequentes também me foi possível trazer Miguel Márquez ao Brasil por duas ocasiões, além de haver traduzido uma edição bilíngue de sua poesia, intitulada Bronze do fundo do rio, cabendo-me ainda assinar capa e uma série fotográfica interna. Seja como poeta, editor, agitador cultural, Miguel Márquez se encontra entre os intelectuais mais atuantes de seu país. Para acompanhá-lo nesta edição monotemática, um artista de sua estreita relação de cumplicidades artísticas, Benito Mieses (Venezuela, 1958), que é também poeta e projetista gráfico.

Os Editores

Índice

ARC110ARG01MM00 ARMANDO ROJAS GUARDIA | Miguel Márquez y a carne de la idea

ARC110EP02MM00 ESDRAS PARRA | Miguel Márquez: “el poema me evade como un preso”

ARC110JA03MM00 JONATAN ALZURU | Fábula de Miguel Márquez y el titiritero en el fondo del mar

ARC110LP04MM00 LEONARDO PADRÓN | Miguel Márquez y Un ajuste de cuentas

ARC110LAB05MM00 LUIS ALBERTO BRACHO O. | Miguel Márquez y la transfiguración por la palabra

ARC110LAC06MM00 LUIS ALBERTO CRESPO | Miguel Márquez: la poesía reescribe la historia y la corrige

ARC110MAP07MM00 Mª ÁNGELES PÉREZ LÓPEZ | Miguel Márquez: vigilia de lo incierto

ARC110ME08MM00 MARIALEX ESPINOZA | La poesía de Miguel Márquez: una vocación por el riesgo

ARC110MAG09MM00 MIGUEL ANTONIO GUEVARA | Fragmentos de la batalla, de Miguel Márquez

ARC110MM10BM00 MIGUEL MÁRQUEZ | Benito Mieses y las matemáticas líricas de la profanación


Artista Convidado | Benito Mieses (Venezuela, 1958)





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Página ilustrada com obras de Benito Mieses (Venezuela, 1958), artista convidado desta edição.
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Agulha Revista de Cultura
Número 110 | Abril de 2018
editor geral | FLORIANO MARTINS | floriano.agulha@gmail.com
editor assistente | MÁRCIO SIMÕES | mxsimoes@hotmail.com
logo & design | FLORIANO MARTINS
revisão de textos & difusão | FLORIANO MARTINS | MÁRCIO SIMÕES
equipe de tradução
ALLAN VIDIGAL | ECLAIR ANTONIO ALMEIDA FILHO | FEDERICO RIVERO SCARANI | MILENE MORAES
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MIGUEL MÁRQUEZ | Benito Mieses y las matemáticas líricas de la profanación



Quienes lo conocemos estamos al tanto de su amabilidad y de la inteligente, sibarita, cariñosa manera de estar presente en el mundo. Nacido para llamar la atención con un volumen físico considerable, pleno de energías creativas, quiso la vida que él estuviese del lado de quienes pasan y se la pasan viendo, observando, tomando apuntes precisos desde el otro lado de la baranda. Quiero decir, se siente cómodo, personalmente, en ese lugar que habita no con discreción (mala palabra para un hombre rebelde), sino con ese preservar lo más importante y compartirlo cuando sea necesario, cuando se imponga la intimidad de la creación y de la amistad. De resto, pasa por la vida como un perfecto outsider, alguien que trabaja al margen de los circuitos de nombradía e intercambio, de plusvalía en el marketing del Arte, o del autobombo sin más.
Aliada a su preferencia por el silencio en el colectivo de las malas costumbres, está una palabra que le viene a buenas, pero me parece pronto para traerla acá, por eso tiendo a situarlo en el único mercado que siempre le ha interesado: el del intercambio de afectos, de ideas, de letras, de condumios también, en esa economía informal del trueque amoroso que siempre lo mantiene despabilado y a punto de la sonrisa con ese humor que también lo caracteriza. Jamás de la risotada, pues no nació el día del sarcasmo ni sigue el horóscopo aturdido del recién llegado.


Sus ojos son un capítulo más que cromático, pues a pesar de todos los diluvios que ha experimentado este Noé tropical en el arca de los inmensos desbarajustes existenciales, su mirada conserva en todo momento una argucia, una cita, un resplandor por donde circula la savia de una sabia pertenencia, justo en la pupila de un ardor manifiesto que se mantiene intacto. A ella, a su mirada creo, le ha dedicado todos los días y las noches de su amable y curiosa forma de vivir en esta tierra. Esto es fácil constatarlo en una historia artística con los colores, la suya, que conozco desde hace aproximadamente treinta años y algo más. Una indagación poética donde la sugerencia le da a uno la entrada a un universo de señales que encuentran materia en el símbolo del pez, de la copa, de las sillas, de los recuadros, de las escaleras, de las retículas, de esos extraños seres que la pueblan y ensilencian. Asimismo, vemos en su trabajo la búsqueda de un abecedario caligráfico, tipográfico, verbal, que lo emparenta y lo une con otra de sus pasiones: la poesía, esa que quizás podría resumir su nombre por completo, esa misma que viene haciendo, pintando y leyendo desde hace ya mucho.
Esa intensidad verbal de su obra plástica lo lleva a uno a un ámbito donde están preferencias suyas a las que ha dedicado el alma con inmensa atención: Alfredo Silva Estrada, Sonia Sanoja, Ida Gramcko, Juan Sánchez Peláez, Juan Calzadilla, los beatnik (a Charles Bukowski lo ha traducido con fuerza y entusiasmo) y esta lista pudiera alargarse bastante más con creadores de aquí y de otros países que alguien mencionará en su momento con la indispensable vocación de ser exhaustivo. Es autor de varios libros de poemas. Y esa impronta, decía, es la que uno encuentra como sello en su obra, por un lado, como filiación, como enlace, como vínculo, y también con una independencia, con un relieve que me seduce e interroga con sus números, con sus signos, a la manera de una clave a la que quisiera, algún día, darle mayor espacio de interpretación y ver cómo esos son modos de entrarle a una vía de decir las cosas que bien pudiera nombrarse como la inclinación conceptual de Benito Mieses. Inclinación que habría que explorar de verdad, pues por aquí es mucho lo que hay para entenderlo y fabularlo.
Quiero abundar de manera paralela con la idea anterior, señalando lo poco naíf que es este artista, y lo digo pensando en ese jipismo militante de Benito que alguien pudiera asociar con lo ingenuo para equivocarse en la mismísima entrada. Nadie más alejado que él de un acercamiento al arte a la cañona, en el sentido de irreflexivamente. Lo suyo es y ha sido el estudio detrás del biombo, detrás de la parafernalia de los lugares comunes. Es decir, es un verdadero pensador de lo que hace y de lo que han hecho otros en la tradición artística nacional e internacional. Y además, es economista graduado de la Universidad Central de Venezuela, alguien que ha leído, por ejemplo, El capital de Marx, entre muchos libros de filosofía. Lo que quiero afirmar es que le encanta la teoría y se le ve muy a gusto cuando refiere lo que encuentra en esos libros.
De manera similar, él mismo es quien habla de su obra y la segmenta, la clasifica con dinamismo, la agrupa no solo por fechas sino por las fichas, por la apuesta que entraña cada uno de sus vértices. Yo le he escuchado hablar con fascinación de maestros suyos como Dámaso Ogaz [dice este, el mismo Dámaso de sí en un escrito que circula en Internet y creo lo reproduce bien en el espíritu que influenció en Mieses a través de lo curricular: “Dámaso Ogaz mide 1.79 cm. de alto, es de tez morena, como Torquato Tasso, usa bigotes como Rilke («mi admiración, dice Ogaz, me llevó a estos usos poco higiénicos»), tiene ojos grises («de los que son culpables los hebreos», nos agrega), su rostro es ovoidal y su perfil es casi convexo. Habla en la actualidad tres dialectos y un poco del idioma castellano, un idioma, según él, «en desuso». Practicó en su infancia gimnasia sueca y la carrera de los mil metros con valla], como Álvaro de Rossón (cito este otro retrato de la misma fuente electrónica: “Todo un modelo escenógrafo, musicalizador, creador de luces y efectos sonoros, escritor, periodista, traductor, poeta, crítico de arte, hacedor de versiones, productor de programas radiales, ganadero y director teatral), de otro artista también muy influyente en el arte actual y hecho a la medida de sí, de sus preguntas, de sus juegos a veces hirientes: Claudio Perna.
Es decir, hablamos de un trío antiburgués, investigador, experimentador, impugnador de la sociedad y del arte que está en los orígenes del hacer poético y plástico tanto de Benito como de su hermano de faenas (de los libros, de los colores y de la vida) desde muy temprano, el otro poeta y artista visual: Hermes Vargas.
También rasgo muy suyo es la itinerancia, el amor por los viajes, por el desplazamiento, por el cambio; hasta donde sé, ha vivido en Caracas, Mérida, Coro, Adícora, Valencia. Y justo ahora, cuando se ha puesto en marcha la posibilidad de hacerle una exposición que dé cuenta de su trabajo, será esta ocasión ideal para agrupar obras suyas que imagino andarán por los caminos múltiples de este país.
En algún momento, pensando en su obra, tuve una idea que vuelve ahora; la de que su hacer en las artes visuales consiste en unas matemáticas líricas de la profanación que, con las ciencias puras e impuras de la poesía, construye mundos tangibles donde el color vuelve a cobrar una simpatía, una cordialidad, una relevancia imaginativa, que me parece concuerdan con el Benito Mieses que conozco y quiero desde hace mucho, el hacedor de Bares y de Mares, de letras y de números, de ficciones para entender la hora que le corresponde y transformar mística, lúdica y animosamente la calle.
Había quedado en mencionar una palabra sobre él y he decidido mantenerla conmigo, porque ellas, las palabras, a veces, confunden más de la cuenta, y lo que quiero decir cuenta mucho como para que no se entienda o no lo diga como corresponde. En todo caso, es aquello que respalda a una actividad con una estructura ética y contemplativa a la que le gusta más mantenerse a la deriva que en las tablas, que no habla de sí, pero desde allí refiere. Palabra sabía muy usada, palabra bíblica, con la que podemos continuar sin afanarnos con las cosas de este mundo para contabilizarlas a la luz o en lo oscuro. Es aquello que lo acompaña con una trama, un tejido, una forma, donde la significación viene a manifestarse con una espontaneidad de contacto y respuesta que es casi como música, y no como teatro. A su melodía, a sus buenos días, a su corazón, dedico estas palabras y me llevo aquella por donde vine.


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Página ilustrada com obras de Benito Mieses (Venezuela, 1958), artista convidado desta edição.
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Agulha Revista de Cultura
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MIGUEL ANTONIO GUEVARA | Fragmentos de la batalla, de Miguel Márquez



Son estas líneas apuntes de una lectura de Fragmentos de la batalla (Caracas, 2010) del poeta e intrépido editor Miguel Márquez. Y se limitará la ojeada de estas esquirlas, de estos fragmentos, como si nunca se hubiese avistado demás obra, corpus e improntas del autor, sabiendo que posee una vasta producción; collar de cuentas de diferente tamaño y registro, sobre todo entendiendo que queremos apartarnos de la lectura abarcadora en la que avistamos cómo se orientan el devenir de la producción poética y sistematización del tránsito vital, acá solo avistaremos fragmentos. Salvo dos excepciones, claro, para confirmar así el punto de vista.
Es decir, hablaremos de este Miguel, el Miguel del fragmento. Un subconjunto del subconjunto de lo que podría ser visto sin microscopio. La lectura del outsider, dicen.

Primer movimiento
El mayor peligro que corre el lector de poesía ante este tipo de manifiestos del espíritu es el de comparar la realidad con el código escrito. La paranoia y la conspiración acechan, si no se les separa nuestro querido descifrador, hypocrite lecteur, corre el riesgo de perderse.
La primera parte de este libro —publicado en 2010— en clave diario-aforístico, nos hace preguntarnos ¿Será esto una distopía bélica, un oráculo chamánico o alguna profecía? No estamos seguros de qué lo define mejor, lo cierto es que dibuja la guerra del presente, caracteriza al enemigo y lo registra:

La mirada del enemigo sólo sabrás reconocerla en el campo de batalla si eres campesino. En la ciudad todos somos inocentes.

Hay mesura de épica y conciencia de registro histórico. No es para menos, estamos hablando de un escritor pulido (¿o curtido?), la trayectoria editorial de Márquez le ha afinado el ojo al presenciar cientos de voces del panorama literario venezolano. Digamos que, en el lenguaje de guerra de fragmentos, hablamos de un autor que conoce el campo que se ha convertido y convertirá en institución y acervo, es decir sabe a dónde hay que disparar.
Fragmentos de la batalla se expresa como un manual para el montuno, el nunca inocente, tiene un mapa indistinto para el trajeado que circula por el complejo urbanístico abstractor de la civilización y la barbarie. Es arte de la guerra para tiempos de entropía. Para estos lapsos en que parece que todo se diluye.
Lo mejor de esta propuesta es que no se queda en el análisis coyuntural —no perdonen la jerga política, político es el libro más de lo que imaginamos— sino que propone praxis, poética, praxis adjetivada.
También hay confesión al cometer el crimen o al desear cometerlo que es lo mismo. Quién esté libre de contradicciones que tire la primera moral flexible.
Como buen poeta disfruta de la necrofilia. Es un buen pastor. Un zombie a ratos, un carroñero. Todavía sigue intacto el homenaje a la descomposición en nuestra literatura.
“Una vez, parado en un callejón me provocó sacarle el corazón a una niña de un solo mordisco. Otra vez un hígado fresco tentó mis ganas. A ambas las dejé bailar con sus acompañantes…”.
El inventario de la ciudad no está ausente. Obvio:
“De vez en cuando como gatos, ratas, gallinas. Incluso he devorado policías, oficinistas, agentes de la banca, periodistas a montones y señores que llevaban en el cuello unas corbatas feísimas…”.

Segundo movimiento
“Papeles al desnudo” es el poema épico, el registro del ahora. Mariano Picón Salas en Formación y proceso de la literatura venezolana nos confirmaría a la “literatura como medio más eficaz que la propia historia para conocer la idiosincrasia de un pueblo, de un país”, Márquez no lo ignora y explora. En el paseo por el tráfico del campo de batalla observa y registra. Va, pelea, y en la trinchera que encuentra mal parada se detiene a rastrear. Vuelve, aceita rifles y borra la pátina que aceleradamente acecha en la humedad de los tugurios que ni en medio de la balacera faltan. Gracias a Dios. Concluye:

Ustedes han mentido mucho y adrede, y esto
ya es de conocimiento público:
están sus papeles al desnudo.

Especulación: podría tratarse de uno de los poemas políticos más importante de los últimos diez años, junto a “Baúl de óbitos” del barinés Leonardo Ruiz Tirado.
“Fuga sobre Palestina” nos convida a ver juntos dos nombres: Palestina-Venezuela, ambos arquetipos del mundo, modelos, símbolos de la resistencia ante el enemigo.
La fuga es lo más rápido, la superposición de imágenes-sonidos-notas. Léanlo escuchando Yngwie Malmsteen interpretando Flight of the bumblebee. La comparación diacrónica cabe en estos resquicios sonoros. El tiempo es también geografía. La música es imagen y viceversa, la poesía y la música son lo mismo. Siglos y siglos de argumentación oriental/occidental lo comprueban.
Resuena la literatura documento. Militante. Lo que al árabe Nur Masalha le toman más de cien páginas en Nakba, a propósito de la apropiación de territorio palestino por parte del Estado genocida israelí, le toma a la poesía pocos versos. Picón Salas uno, nosotros cero (“la literatura como medio más eficaz…”). Vayamos al segundo tiempo en este siglo XXI y procuremos homenajear al merideño superándole.

Tercer movimiento
Trópico relativo es la mirada fotográfica, la fotografía que el poeta visita, investiga y aprehende ¿Acaso no es el poeta, como bien me comentaría William Osuna “un editor de imágenes…”?
Es también la metáfora de la imagen para mostrar un país que ya no es imagen sino imágenes [y que quede claro, en plural].
“Pero definitivamente Venezuela dejó atrás la foto fija…”.

Cuarto movimiento
“Las manzanas de Chile” vienen a retomar al 2do movimiento.
Si Fragmentos para la batalla fuese una canción bien podría caber en un cancionero latinoamericano. “Las manzanas de Chile” lo jala de nuevo a un subconjunto de lo NuestroAmericano. Si se le preguntara al autor de dónde es respondería, además del territorio de la poesía: venezolano, palestino y chileno. De un subconjunto del continente. O del mundo. O de todos. Déjeme explicarle:
“Ay Chile. Mucho daño, mucho hierro”.

Quinto movimiento
“Bajo el signo de cáncer” es un guiño a la estupidez de algunas celebraciones ¿A qué geografía corresponde la enumeración siguiente?
“Acordeones rusos reventarían el aire con imágenes urgentes y presagios con ginebra, topacios, esmeraldas, naipes de todos los colores…”.
No importa demasiado, después de todo:

Un escarabajo, por ejemplo, volcado sobre sí mismo,
pudiera ser
el agua o la resurrección del Santísimo Sacramento.
Caparazones, cuencas, concavidades,
lo difícil, dice el hombre del fuego, es morir con un arcángel en la tráquea…

¿Y si el arte de la guerra es el arte de evitar la confrontación, como diría Sun Tzu? Enumeremos también los afectos y los efectos personales. Todo eso carga en el bolsillo el combatiente de esta guerra, de estos fragmentos.

Sexto movimiento
“La venganza de las cosas” es la poética del taxista. ¿No es acaso el médium entre la ciudad y los transeúntes? Vuelven las enumeraciones. Este es el poema completo, para marcar la diferencia con los episodios fragmentarios del resto:

Un taxi es un peligro público, especialmente
cuando está enamorado: encuentra signos
zodiacales en la ropa de los pasajeros,
presagios en las placas de otros carros, pasa
por las esquinas como un tango fugaz
en Buenos Aires.

Nada se puede hacer cuando no cobran
su trabajo y ríen como idiotas
detrás de los edificios. Ríen y escuchan la radio.

Ellos, por definición y por su oficio,
deberían ser escépticos y tacaños:
dedicarse a lo suyo con el rigor
de un cura novato o un sargento satisfecho.

Inmunes a la belleza y al deseo, uno espera
que los taxis no sufran ni lleven consigo la vida,
la que transforma el aceite en bálsamo,
cambia gasolina por metáforas,
hace fiestas por cualquier motivo.

Yo fui taxista: por eso sé de lo que hablo.
Mi carro, una noble lata a la que cuidé mucho,
un día se puso a pensar en sí mismo
y me llevó al desastre.

Sé que los objetos están vivos:
He visto piedra de cristal de roca levitar
al lado mío como un levísimo suspiro,
de continuo hablo con los ceniceros
y aquel sacapuntas, para no ir más lejos,
me contó que se llamaba Miguel.

Pero los taxis son otro asunto:
Deberían ser implacables,
tener un corazón de oro, ojos vacíos.
No tener puntos de vista, ilusiones,
ni preguntas.

Eran otros tiempos…

Hoy, hasta los taxis buscan pareja
y se atropellan unos contra otros
cuando la rabia es así
y las tigras están en celo.

Lo peor es que ya no sabemos qué hacer
con una realidad tan susceptible,
con este hervidero de opiniones.

Un poema enigmático lleva por título:
«La venganza de las cosas». Otro,
escrito con rencor, dice en un verso:
«Aquí lo que hace falta son bozales».

Lo cierto es que hay algo indefinible
animando cada átomo del universo
y nadie piensa en abdicar, enmudecer
o detenerse.

En este taxi hasta la muerte fuma
y luce collares espléndidos
cuando recorre la noche con el cabello suelto.

Por eso, a estas alturas, lo único que sé,
mientras pasan las avenidas, los ríos de gente,
los cines, los semáforos, es que vivir
es tan intenso y tan riesgoso
como la existencia que lleva un taxi enamorado
por el laberinto apasionante de Caracas.

Séptimo movimiento
“Homenaje mínimo” se explica solo. Justo nombre. Justos versos. Rescatemos uno: “Las ramas del prodigio”; un solo reproche: Miguel: ¿No son todos los animales totémicos per se?

Octavo movimiento
“Todo está bien” es el poeta transfigurado en Jesús Enrique Guédez. Locura audiovisual. Hay curiosidad escrutadora. ¿Qué Eliot nombra el poeta en el epígrafe al estadounidense o al pretendido británico que nos describiría J.M Coetzee en Qué es un clásico? Sería una curiosidad epistémica averiguarlo. La poesía es una red vasta de significados, de signos dispuestos a modificarse con el encuentro de sus hilos. Importa el lugar desde donde se nombra y nombramos.
Este es el relato (“Todo está bien”):

Y todo esto suena muy enérgico y serio,
pero ahora que he luchado con ello, ya no lo es.
Me siento feliz… profundamente. Todo está bien.

Katherine Mansfield

Todo irá bien y toda suerte de cosa irá bien
cuando las lenguas de llama se enlacen
en el nudo postrero de fuego
y el fuego y la rosa sean uno

T. S. Eliot

Esa mañana estábamos en el auditórium, más animados algunos que de costumbre, otros idénticos en el mutismo arisco de sus ecuaciones. Maritza comentaba que la gelatina de la luz le impedía escuchar la voz del doctor al pasar la lista. Para mí, a esta hora, los bombillos parecían árboles y sentí que la brisa debería ser una cuestión de aprendizaje. Asentí levantando el brazo cuando pronunciaron mi nombre. Estaba seguro de no haberme equivocado. Continuó la rutina sin muchas interrupciones hasta que Hans se puso a maldecir. Hija de puta decía y se miraba las manos. Tuvieron que anestesiarlo con rudeza, a pesar suyo, y fue entregándose a un subsuelo profundo.
Vi que salía sangre de su boca extenuada, y su cuerpo vencido entre los brazos de los enfermeros pasó ante nosotros como una melodía. Luego salimos a desayunar. A comer con lentitud porque el día casi siempre es peligroso.
Uno abre los ojos sin saber cómo desprenderse la tierra y las voces que uno trae de quién sabe dónde y se encuentra aquí como en un cine continuado, pero con otra escenografía y diferentes autores. Por eso creo en la lista y en el desprendimiento de los helechos cuando no me equivoco. A Maritza no le importa en realidad que la llamen de una u otra manera: ella siempre levanta el brazo al escuchar un nombre. Habla con frecuencia de una nube donde duermen seres fantásticos y cuando los escucha mira al cielo con una fe conmovedora. A veces nos da risa su actitud, pero una vez a Carlos le dio rabia y le pegó durísimo. Ella, desde esa ocasión, dice que lo ama y él se la pasa arrecho cuando le llevan el chisme.
Carlos mató a alguien, parece que con razón. Él jamás habla de esto, ni de sus hijos. Pasa la mayor parte de las horas callado con un rumor en la espalada. Toma las medicinas sin saludar. Yo quisiera decirle que le convienen las palabras esdrújulas para espantar los relámpagos. Pero no quiero que él no me quiera y me pegue. Aunque a veces me viene a la mente un golpe sobre su abdomen para que nadie hable.
A Hans lo conocí antes de morir. Se la pasaba abstraído. Trabajaba con disciplina, pero olvidó que el hígado es un órgano vulnerable a las
alucinaciones. Incluso le escribí un obituario prematuro y bellísimo que cada vez que se lo recito me escupe. Yo vine a dar aquí por pura coincidencia dice mi madre. Ella le cuenta a los doctores, que bueno, que sí, que desde que le dio el asma se puso a hablar de la Virgen. Su padre lo castigó cuando le mordió la espalda apenas entradito en cuarto grado y yo sufría porque él era el mayor. Después, continuaba, comenzaron las ronchas, los sarampiones ficticios. Se ponía mis coloretes después de la medianoche y asustaba a las hermanas… Y ella hablaba tan tranquila con ellos como si nada. Me trae caramelos los miércoles y todos me los roban. Estoy seguro que coquetea con los médicos, con los enfermeros. Cuánto detesto su vestidito morado.
En este sitio uno no hace mucho, pero debe cuidarse de los muertos. Los vivos siempre son más dóciles. Los bombillos en cambio son malignos y mortifican sobre todo a las tres o cuatro de la madrugada. Es cuando me hago el loco y pienso en las coliflores que brotan de mis fosas nasales. Una tras otra. Aquí estoy bien me digo para tranquilizarme.
Casi nunca salgo al patio. Me quedo con la Virgen en el cuarto y ella me cuenta todo lo que se le ocurre. A ella tampoco le gustan la luz ni las gentes. Hablamos largo, larguísimo, y pocas veces la entiendo; sin embargo, sé que me quiere hasta la ira que siento cuando me encuentro solo. Los enfermeros no saben de estas cosas ni de los caracoles en el techo. Son ignorantes, ni siquiera escuchan rodar la sangre bella de los pájaros cuando la mañana está rara.
Yo sé que estoy aquí por pura casualidad y por eso escribo este diario. Hoy viernes, sin que me escuche nadie. Hoy viernes, cuando me bañan y me da frío y los odio. Tal vez por eso no entienden mi letra y me castigan porque mi diario les repugna. Por venganza hieren mis dedos para que deje de untar mierda en las paredes del cuarto. Luego viene la aguja y ese líquido que entra a mi casa como una bala ciega en el corazón de los astros. Mañana será otro día, me digo. Todo está bien, todo irá bien, seguro.

Noveno movimiento
Desde estos nueve movimientos vemos un poemario compuesto de tres partes que respeta la fórmula aristotélica o la divina. Esperemos que sea la segunda, de una nueva divinidad compuesta por los cuerpos sufrientes, como diría Fanon, este cuerpo de batalla, esta brújula-diario-aforístico del fragmento tiene un pórtico narrativo, un ónfalos poético y una cola que vuelve a la narrativa. Termina como empieza para consolidar el corpus.
Después de todo, la poesía, más allá de sus formas, composición y pretendido ardid de interpretación nos elude, en palabras de Miguel Márquez: como agua “y ese líquido que entra a mi casa como una bala ciega en el corazón de los astros…”.
Apunta Márquez, finalizando las páginas de la batalla:

mañana será otro día, me digo…

Estos fragmentos se recogen entre todos. Por favor no se hagan los locos. Encaren la batalla. Mañana será otro día.
Ojalá Miguel, ojalá.


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